El proceso natural de gestación consta de tres etapas: embarazo, parto y lactancia. Estás tres etapas crean el vínculo con el bebé y el proceso de maduración del niño tanto física como emocionalmente.

Sabemos también que la maternidad es, o debería ser, un proceso instintivo: madre e hijo están capacitados biológicamente para entablar un dialogo no verbal, un intercambio de afectos y necesidades mutuos, para asegurar la supervivencia y la adaptación del niño al mundo y de la madre a esta nueva relación.

La mujer está capacitada para engendrar criaturas, parirlas y alimentarlas con su leche. Siguiendo el curso natural del proceso después del nacimiento, el desarrollo integral del niño se optimiza al brindarle a través del amamantamiento frecuente las bases biológicas y emocionales que necesita.

La leche materna es un elemento  único e irrepetible que contiene los nutrientes específicos que requiere el bebé para su desarrollo cerebral, inmunizaciones, nutrientes varios en las cantidades requeridas y de mejor absorción, a la temperatura y cantidad justa en la que el bebé la requiere. Pero además, el amamantamiento cumple otra función indispensable dentro del desarrollo normal del niño, y es la de promover el establecimiento del vínculo entre mamá y bebé. El recién nacido necesita de la presencia de su madre para sobrevivir, si no recibe alimento muere físicamente, si no recibe contacto no se desarrolla emocionalmente…

 

En el pecho de su madre se satisface de estas dos necesidades imperantes:

Amor y afecto, un vínculo con el bebé muy fuerte.

Un bebé amamantado pasa muchas más horas entre los brazos de su madre y esto le brinda la oportunidad de tener el contacto piel a piel y con los sentidos que están aún en desarrollo.

Una madre que amamanta a su hijo le da la oportunidad de olerla, probarla, sentirla, escucharla, establecer mayor contacto cara a cara, reafirmar al bebé su existencia a través de la mirada y el contacto materno.

El amamantamiento además provoca la liberación de hormonas en la madre (prolactina, oxcitocina, cortisol) que actúan como ayudantes biológicos para promover sentimientos maternales y agudizar su intuición. Sentimientos e intuición, además de la observación y el ensayo – error, le facilitarán desarrollar la capacidad de reconocer y anticipar las necesidades que su bebé tiene y que es aún incapaz de expresar más que a través del llanto o de señales muy particulares que la madre sabrá interpretar. A esto se le llama en psicoanálisis “habilidad de reverie” y se da cuando la madre se ha vinculado emocionalmente con su hijo y es capaz entonces de satisfacer las necesidades básicas de su bebé.

 

¿Cuáles son esas necesidades básicas?

El bebé necesita afecto, contacto físico, alimento, reposo, movimiento… El recién nacido está equipado con una serie de reflejos que buscan incrementar su adaptación al medio, pero es su madre en los primeros meses, quién complementará y saciará sus necesidades.

Además de que físicamente la leche materna es el alimento ideal para el niño, emocionalmente asegura la presencia de la madre junto a su hijo dando paso a otro proceso muy importante cada vez que ella acude a la llamada de su bebé (ya sea para amamantarlo, consolarlo, cambiarlo de posición, o saber qué le pasa); el bebé está aprendiendo a confiar, y aprende que si llora o necesita algo, esa persona especial (mamá) vendrá a su encuentro; esto confirma su existencia y aprende a confiar en su entorno y en su propia capacidad de expresión. Recordemos que en un bebé menor de 7 u 8 meses no hay aún permanencia de objeto; esto es que aún no sabe que las personas, las cosas y primeramente él mismo siguen existiendo a pesar de estar fuera de la vista…. No tiene conciencia del “yo” y del “no yo” y piensa que desaparece cuando no se ve a través de los demás.

 

¿Cómo se establece el vinculo con el bebé?

El término vínculo nos remite a la idea de dos relacionándose entre sí. Si esto se refiere a la madre y su bebé, estamos hablando del establecimiento de una relación afectiva única y especial que comienza en la mayoría de los casos desde el embarazo debido a la serie de cambios físicos y psicológicos sufridos por la madre y los cambios hormonales que se dan ante la espera de ese nuevo ser. Psicológicamente se hace evidente una revisión del propio vínculo que esta mujer y futura madre tuvo con su propia madre y las experiencias que ésto le haya brindado. Así mismo el bebé ya está recibiendo mensajes sensoriales del exterior.

El bebé nace inmaduro en muchos aspectos, comparativamente con otros mamíferos y necesita establecer el contacto cercano y frecuente con su madre (o brindador de cuidados primario) por la única razón que es ella quien vendrá a satisfacer sus necesidades físicas y emocionales. Esto lleva a la idea que el período de gestación dura entre 18 y 20 meses… O si lo entendemos así, pueden ser nueve meses intrauterinos y los restantes en el pecho y entre los brazos de su madre como un cordón umbilical externo… Es precisamente esta inmadurez la que brinda la oportunidad de mayor aprendizaje y adaptación al medio para que sea entonces, el ser humano, el animal más evolucionado.

Si no enfocamos en la relación vincular o de apego entre madre e hijo, vemos que es por partida doble. La madre desarrolla un sentimiento maternal y biológico, evoluciona y provee los cuidados necesarios para la supervivencia del hijo. Aporta las bases emocionales que le ayudan al bebé a ir formando su Yo, poco a poco. En el momento del nacimiento el bebé no tiene idea de su existencia como individuo, se encuentra en un estado simbiótico con su madre  y es a través de ella que el bebé comienza a relacionarse con el mundo, a conocerlo y a conocer de su propia existencia. Es su madre, con su constante estímulo y contacto, quien vendrá a estructurar y contener la personalidad de su hijo. Como se relacione el niño con este primer objeto (su madre) será la tendencia aprendida a relacionarse con los demás objetos y sentará las bases para el establecimiento de sus siguientes relaciones emocionales. Por eso, un niño que tiene un apego seguro, es decir que le queda claro quien es su madre y que confía en que ella vendrá a atenderlo, es un niño sano emocionalmente. Todos los bebés crecen, pero no todos se desarrollan bien. El hecho de vivir esta experiencia “mamá y yo somos uno”, nutre su confianza básica, su autoestima y su desarrollo integral; además, le da posteriormente la oportunidad de comenzar a diferenciarse de ella en la búsqueda de su propia individualidad.

El vínculo con el bebé es un proceso natural, instintivo y necesario que propicia el desarrollo en la madre de las habilidades que requiere para llevar a cabo su papel y ser “suficientemente buena” revisando su propia experiencia como hija y actualizándola a su realidad de madre. Y le brinda al niño la base emocional más importante para sus relaciones futuras: la confianza básica en su madre que se generaliza hacia sí mismo y los demás.

Y tu, ¿Qué crees que es lo mejor para tu bebé?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

X